miércoles, 21 de octubre de 2009

La opinión de los mejores

Hace unos meses, en el restaurante de una capital de provincia de Castilla, charlaba yo amigablemente en sobremesa con amigos de colegio: un catedrático de Física, un arqui­tecto y un juez superior.
Jaime Richart


Todos recién retirados de la vida activa. Era una época en que la virulencia con la que los obispos y el ala cavernaria de la derecha infectan el tema del aborto cuando les han pillado en otras cosas y no tienen respuesta, no había llegado toda­vía al río principal de la convocatoria que planeaban.

Hablábamos durante un par de horas de todo lo divino y lo humano menos de política, con apuntes ciertamente muy interesantes sobre las experiencias y el punto de vista respectivo acerca de cada asunto por separado: de astronomía, de biología, de Derecho, de ar­quitrabes... Todo iba bien, de amenidad en amenidad, cuando el fí­sico, de repente, suelta, casi susurrando, esta bomba de espoleta retardada dirigiéndose al juez: "El gobierno está preparando una ley que obliga a abortar". El arquitecto me mira con gesto interrogante, y el juez contesta con la prosopopeya y solemnidad que les caracte­riza: "Pues si la ley obliga, habrá que cumplirla"...

Por unos instantes yo no di crédito a lo que había oído, pero, ven­cido mi asombro, sin comentario alguno me limité a sonreír: me en­contraba en el centro de una de las galaxias del didactismo, de la erudición y de la sabiduría oficiales asociadas a la suma cretinez. Allí estaban esos cuantos sembradores de la semilla maldita depo­sitada en círculos de la sociedad para conmocionarlos primero, crear la atmósfera debida después y conducirles más adelante a las ma­nifestaciones maliciosas. Manifestaciones de multitudes deliberada­mente desinformadas pero que hacen tanto ruido como aquel ague­rrido corneta de Beau Geste que, con sus notas de rebato, desde una loma de las arenas del desierto hace huir a una horda de tua­regs haciéndoles creer que detrás de él llegaba un ejército de legio­narios.

Lo curioso es que los obispos y los curas que forman sus tropas no llegan tan lejos como mis amigos con sus invectivas. Seguramente por­que en el fondo son lo suficientemente inteligentes como para haber podido llegar desde hace dieciséis siglos hasta donde están. Mien­tras que estos mentecatos ilustrados son de peor condición y de dolosa estupidez hasta el punto de preguntarme sobre mis ami­gos de colegio: ¿qué lecciones habrá podido dar el uno en su cáte­dra por las que no se filtrasen sofismas y falacias hasta deformar la mentalidad de sus alumnos? ¿qué´sentencias habrá dictado el otro en su juzgado que no hayan atentado frecuentemente contra la sen­satez?

Para echarse a temblar cuando ves tan de cerca a los verdaderos vectores de una sociedad infectada de mentirosa religiosidad, de bulos, de manejos y de manipulaciones de los que por ser los más titulados, los más sobresalientes, los más homenajeados son ofi­cialmente en de­finitiva “los mejores”.

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